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Leyes nosógenas |
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Julián Marías refiere que para hablar de política, en todas las ocasiones, es necesario mencionar a la justicia social, es decir, que hay que proteger a quien todavía necesita ser protegido, abrir el paraguas antes de que llueva. Estamos de acuerdo en que al hombre hay que protegerlo, pero lo importante es saber en qué debe consistir esa protección para que no tenga el efecto contrario. Viktor Frankl señala que el hombre es un ser consciente y responsable; de modo que toda protección debe tender a acentuar en él (el hombre) esas características, lo cual se logra arbitrando los medios necesarios para ampliar su consciencia a efectos de que acepte con alegría su responsabilidad, que no puede ser asumida sin libertad plena. La libertad se la puede definir en distintos campos y por ello de distintos modos, pero psicológicamente no hay libertad sin el ingrediente de la alegría, ya que la posibilidad de alegrarse es privativa del hombre y lo mismo ocurre con la responsabilidad. Solyenitsin (1) dice que lo primero que advierte un extranjero al llegar a occidente es una declinación del "coraje", sobre todo de las "elites gobernantes". Se quiere una vida mejor, donde se pueden alcanzar mejores cosas y más comodidades, y paradojalmente se obtiene lo contrario. ¿En qué se basa tal afirmación? Al tener como finalidad esencial tales logros, pierde el hombre el espíritu de lucha, resigna sus principios fundamentales, pierde sus valores éticos, elude sus responsabilidades y por lo tanto pierde toda posibilidad de asumir su libertad con alegría. Consideramos la alegría como elemento fundamental de la libertad, ya que sin ella ésta no puede existir. (Todas nuestras acciones deben estar gobernadas por el amor y el bien que significa realizar las mismas y no para evitar una sanción o castigo). Para quitarnos una inocente cefalea recurrimos a la farmacopea, una aspirina, y pretendemos que se nos pase. Los que sabemos de medicina psicosomática, también sabemos que el origen de ese dolor de cabeza es el producto de tensiones psíquicas mal conducidas y que bastaría la simple elaboración de las situaciones vividas para que esa molestia pueda desaparecer en cuestión de minutos, quizá en menos tiempo del que se necesite en ir a la farmacia. Mencionamos ambos procedimientos para marcar que esas actitudes difieren fundamentalmente en su esencia; es la diferencia entre la enfermedad y la salud; en el primero tendemos a la drogadicción, en el segundo, con la elaboración, afirmamos nuestro coraje de vivir y nuestra existencia. Para definir nuestra cultura occidental diríamos que vivimos mendigando, aunque tratamos permanentemente de disfrazar este accionar de modo que parezca que compramos. Inventamos papelitos a los cuales les hemos atribuido un valor económico, que es lo mismo que decir casero. Cuando niños, jugando al almacenero hacíamos lo mismo, y si queríamos algo de verdad se lo pedíamos a nuestros padres, almaceneros de todo lo indispensable. Ahora asumimos la misma actitud, se lo pedimos al gobierno, a la ciencia, a Dios y aún a los padres, porque a fuerza de protegernos todavía no hemos aprendido a ganarnos la vida. Sintetizando, vivimos en el DIOS DAME, como verdaderos mendigos o lo que es peor aún, como drogadictos, y cuando alguien como Nietzsche nos lo quiso señalar, lo confundimos con un deicida o en su nombre desatamos la más terrible de las guerras que ha tenido la humanidad para entronizar a un falso superhombre. No hace falta ni negar a Dios ni hacer una terrible guerra para llegar al "superhombre", basta reafirmar en nosotros esas dos características (responsabilidad y consciencia) para lograrlo. Sabemos que la enfermedad es una respuesta que damos en función de un estímulo, y que por lo tanto está enraizada en la cultura, como una maleza, una cizaña, como un error de la misma. Todas las leyes que contribuyan a afirmar esa respuesta de mala fe, en el sentido sartriano, son nosógenas. Así como existen monumentos a la estupidez humana que promueven a la superstición, existen leyes o cuerpos legales que son enfermantes bajo un antifaz de protección social. Es muy común decir que la madre es hiperprotectora, pero lo que en realidad se está diciendo es que está desprotegiendo al niño. Al hijo se lo protege enseñándole a enfrentar situaciones, a tener consciencia y responsabilidad, demostrando los padres que ellos son capaces de asumir esas cualidades tan sublimes, no olvidando que la pareja unida en matrimonio es la unidad social mínima, elemento esencial de la sociedad. La sociedad está constituida por esas partículas que son los seres humanos, pero no es algo amorfo, es algo vivo y organizado, es, en síntesis, una estructura bien sistematizada donde cada una de las partes o cada uno de sus órganos depende de los demás. Se necesita de la integridad, que es lo mismo que decir de su salud, de todos los componentes para que el progreso sea una realidad. La sociedad que no progresa está enferma y el hombre que no progresa es un enfermo. Y aquí no nos referimos a lo material, que en última instancia es una lógica consecuencia. La consciencia desplaza al instinto, de modo que para llegar al "superhombre" es necesario un constante desplazamiento del instinto por la consciencia. Por otro lado, cada día se centra más la atención en que las enfermedades son una manera de expresarse, de existir en la mala fe, como hemos dicho, de negarse a sí mismo. Esto por supuesto, visto desde un contexto de conocimiento de leyes de lo inconsciente. Nadie quiere enfermarse conscientemente, pero se enferma para el logro de un fin. De este modo podemos decir que la enfermedad no es un accidente sino un incidente, un medio para lograr un fin, ya que el hombre en sí es una teleología, todo lo hace para algo aunque él lo ignore. Rollo May nos advierte que el cerebro todo lo hace para bien, sólo que a veces el supremo bien es morir y no precisamente en forma ética. Las leyes verdaderamente sociales deben tener en cuenta este concepto ya que las actuales, en su mayoría, son verdaderamente nosógenas, por cuanto en apariencia protegen pero en la realidad promueven la enfermedad. Por otra parte muchas de las llamadas buenas costumbres están en la misma categoría. Si un empleado no se atreve a decirle a su jefe que no le gusta su cara, puede recurrir (inconscientemente) a una enfermedad febril, ya que será protegido por la ley con un certificado médico (auténtico) que hasta puede conseguir gratuitamente. Estamos lejos de pregonar que debe hacerse un cambio radical, debe educarse a las personas ( no a las masas) a asumir su responsabilidad tomando consciencia con verdadera alegría de su capacidad. La moderna psicología ya se ocupa de las personas que no tienen éxito, a nuestro entender, que carecen de riqueza, concepto éste que señalamos no como un mero acumular dinero o bienes, sino como el valor descubierto siendo el valor lo que amplía la consciencia humana. Podemos decir que el pobre no es pobre porque no disponga de dinero, es pobre porque teme tenerlo, y ampliando el concepto porque tiene miedo a la riqueza. El dinero en sí mismo no es riqueza, a lo más puede señalar un tener , pues la verdadera riqueza está en el ser . El placer es moral cuando es consecuencia y es inmoral cuando es finalidad (trabajo para ganar dinero). Del mismo modo, el tener debe ser una consecuencia del ser y hacer bien. En este caso deben deslindarse con exactitud los conceptos de hedonismo y de eudemonismo. El hombre es feliz cuando sabe responder adecuadamente a los estímulos que se le presentan y contento de sí mismo, con humildad y sin ser humillado. Humildad es la capacidad de saber reconocer las propias limitaciones y la humillación la negación del ser mismo. Nadie puede ser humillado por nadie que no sea uno mismo, extrapolando, nadie trabaja para nadie que no sea sí mismo. Buenos Aires, octubre de 1978 Dr. Belisario Gache Pirán Dr. Herminio Castellá 1. Cita extraída del artículo "El espíritu y la voluntad" publicado en La Nación el 30 de julio de 1978,
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