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El primer signo del progreso de la conciencia humana, una de las primeras manifestaciones trascendentales de su vida interior, fue, sin duda, esta sensación maravillosa de cuya categoría todavía no nos damos cuenta: la de sentirnos solos, a veces infinita e irremediablemente solos, en medio de la muchedumbre; y de necesitar, por lo tanto, una compañía más entrañable que la que nos pudieran dar juntos todos los demás hombres de la tierra. El primer amigo profundo del hombre fue, sin duda, la mujer: la mujer antes de serlo; cuando era sólo hembra, escogida al azar, para satisfacer el hambre del instinto cuando éste urgía. Pero una mañana remota y memorable, cuya fecha representa infinitamente más para el progreso humano que todos los descubrimientos de nuestros siglos, ocurrió este maravilloso suceso: al levantarse el hombre de su lecho de hierbas, bronco e hirsuto, después de haber cumplido con la hembra que estaba a su alcance la ley del instinto; reposado por el sueño de esa tristeza que invade al animal después de amar, se sintió transido de una tristeza mayor, que era el tener que abandonarla. Y volviéndose a ella, que aún dormía, brilló en sus ojos, desde el fondo de las cuencas redondas, por primera vez en la historia del mundo, una luz maravillosa, que era el amor, que sólo se enciende cuando el ímpetu del instinto se ha apagado, porque se ha satisfecho. El hombre, triste de una tristeza nueva, comprendió confusamente que aquel ser tan débil que dormía a su lado era el remedio a la soledad infinita, el remedio que no podían darle los otros hombres llenos de músculos y de audacia. Su frente chata no podía explicarse todavía por qué. Pero entonces la hembra dormida, mujer de ese instante, despertó bajo el brillo de la nueva luz; y con esa comprensión súbita de las cosas geniales y trascendentales que sólo la mujer posee, se levantó en silencio; y, como si hubiera hecho siempre la misma cosa, se fue con el compañero de la noche, para no separarse más. En este día, en verdad, fue cuando Dios creó la especie del hombre sobre el planeta. Gregorio Marañón
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