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La historia trata de un joven persa, a comienzos del siglo veinte. Habiendo cumplido doce años, Cyrus, el hijo del Hajjis, tiene que demostrar que se ha convertido en hombre adulto. La tradición exige que para ello debe cazar una paloma silvestre en la cumbre rocosa de un paraje desértico. Hasta ese entonces, ningún cazador ha logrado cazar viva una paloma, o acertar un tiro en su vuelo. Coloridas flores la atraen de modo tal, que luego es posible cazarlas. Como las flores naturales marchitarían bajo el ardor solar, esas flores son dibujadas sobre un escudo de madera. Reza, el palafrenero, acompaña a Cyrus. Por fin habían tomado la merienda. Reza y Cyrus se despidieron y comenzaron el lento y dificultoso ascenso sobre las empinadas laderas, entre grandes bloques rocosos y espinosos arbustos. Durante una hora avanzaron sin pronunciar palabra alguna. El sol había salido. Aunque aún se encontraba a poca distancia del horizonte, sus rayos cayeron con fuerza sobre las rocas. Y no hubo protección posible frente a sus despiadados rayos en ese difícil sendero. Muy pronto ardía la piel en el rostro de Cyrus. Las espinas de los arbustos y de los cactus arañaron sus manos, rascaron sus botas, la escopeta y el escudo pesaron cada vez más. |
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Reza había prometido dejar el primer tiro para su amo y Cyrus estaba dispuesto. Sintió que su mano colocada sobre el caño de la escopeta se mojaba de la transpiración y sus dedos se acalambraron. Del lado izquierdo, su cuerpo se apretaba contra la roca y le dolía en una docena de lugares. Las rocas irradiaban un calor casi insoportable, pero no se atrevía a realizar movimiento alguno. Cuando dudaba de poder mantener su escopeta por más tiempo y seguir acostado en aquel lugar, de pronto escuchó un aleteo susurrante, como si se tratase de un lejano murmullo de follaje. A pesar de que era completamente diferente a lo imaginado, lo reconoció de inmediato. Tomó con mayor firmeza su escopeta y fijó su mirada con atención. Una tras otra, fueron bajando por lo menos diez palomas silvestres y, en un comienzo, conformaron un grupo cerrado. Aún estaban demasiado lejos para un tiro certero. Pero lentamente fueron encrespando las blancas plumas de su pecho, yendo con paso danzante y voces de arrullo, en dirección a las flores del escudo. Una y otra vez Cyrus tuvo que decirse que debía mantener la calma, para contar con una presa segura. Apuntó a la más grande de las aves y siguió sus pasos. La paloma se acercó más, y más. Luego, parecía cambiar de rumbo. Cyrus debía tirar, antes de que se alejara. Y apretó el gatillo. Sabía que había tirado demasiado pronto, no había apuntado minuciosamente. Luego tiró Reza, casi simultáneamente. Los pájaros levantaron vuelo; todos, menos uno, pequeño, que aleteaba en el suelo. Reza salió corriendo de su escondite, lo tomó de su cuerpo y golpeó su cabeza contra la roca. Sonriente, entregó el pájaro a Cyrus: “toma, joven amo, tu padre te elogiará”. Cyrus, que aún creía estar escuchando el leve crujido con el cual la cabeza del pájaro se había estrellado contra la roca, no pudo mirar la paloma. Repentinamente se sentía triste, y solo. “No es mi pájaro, Reza” dijo. “Mi tiro erró. El pájaro es tuyo”. Nada respondió Reza. Acomodó los escudos, y luego volvieron a ponerse nuevamente al acecho. Esta vez tuvieron que esperar mucho más, dado que los pájaros que habían venido, desconfiaban. “Otros verán las flores y vendrán”, susurró Reza. “Esta vez tendrás que apuntar cuidadosamente”. Largo tiempo estuvieron allí. El sol fue subiendo y sus rayos caían en forma vertical sobre ellos. La cara de Cyrus ardía y todo su cuerpo le dolía. Y hubo otra cosa que le causaba dolor. Su mirada caía una y otra vez sobre el pájaro muerto a su lado, con sus ojos cerrados y su plumaje desgarrado. Parecía tan diminuto e insignificante, tan diferente que antes, cuando estuvo danzando delante de las flores. Cuando los pájaros llegaron por segunda vez, Cyrus ni siquiera escuchó su aleteo. De pronto, delante suyo, increíblemente cerca, vio aquel pájaro del cual habían hablado los hombres: la paloma silvestre roja. No era precisamente roja, más bien cobriza, con plumas brillantes y ancho pecho. Cyrus se sobresaltó. Apuntó cuidadosamente, su visor seguía al ave roja, cuidadosamente también. La paloma paseaba, gallarda delante de las flores, entonaba el arrullo, erizaba las plumas del pecho. Danzaba hacia atrás, picoteaba algo en el campo de tiro. Después de detenerse por un rato, avanzó nuevamente hacia delante, como atraída por el brillante caño de la escopeta de Cyrus. El corazón de Cyrus latió como si estuviese a punto de estallar. Trató de no temblar. El ojo rojo del pájaro parecía mirarlo desafiante desde una distancia de apenas cincuenta pasos, diciéndole: “tírame, si puedes”. A su lado, el cuerpo de Reza estaba inmóvil de la tensión. Cyrus sabía que lo estaba mirando, expectante y contento por la oportunidad que se brindaba. ¿Por qué no tiraba? Era un tiro imposible de errar, sobre un pájaro como jamás nadie volvería a ver. Cyrus seguía titubeando, aunque sabía que había sólo dos alternativas. Tirar, o quedar en deshonra para siempre. Reza aguardaba, aguardaba que tirase. Todos, pensarían así. Su padre jamás podría comprenderlo si perdía ese pájaro. Aturdido y desdichado, Cyrus trató de darse cuenta de aquello que él mismo esperaba de sí. Y no lo supo. Pero no apretó el gatillo. No pudo, pero tampoco quiso hacerlo. Giró la cabeza, para decirle a Reza que le cedía el tiro. Los pájaros escucharon ese mínimo ruido de su movimiento y levantaron vuelo inmediatamente, y con ellos, partió la paloma roja. Cyrus, con su mirada siguió su vuelo, vio cómo su cuerpo luminoso se elevó alto, y más alto, como una bola de fuego en el azul del cielo. Lágrimas de alivio corrieron por sus mejillas. No se atrevió a mirar el rostro de Reza. Nada dijo el palafrenero, pero su silencio era aquel de la decepción. Sin lugar a dudas pensaba que Cyrus era demasiado joven para una empresa tal. Por una hora más permanecieron en aquel lugar, pero ya no llegaron más palomas, razón por la cual, al mediodía emprendieron el regreso. Al encontrarse con sus caballos laderas abajo, Reza ató el ave muerta a la montura de Cyrus. “No”, dijo Cyrus, mientras se la devolvió a Reza. Nuevamente se apoderó de él una gran tristeza al sentir los frágiles huesos debajo del enmarañado plumaje. Al llegar a los establos nadie formuló pregunta alguna, ya la expresión de los rostros era respuesta suficiente. Los hombres de la aldea retornaron a sus casas decepcionados. Con grave expresión en sus rostros se preguntaban qué diría el Hajji al respecto. Cyrus se encontraba en la mesa, comiendo la cena con su madre y sus hermanas, cuando vino un siervo diciendo que el Hajji deseaba hablar con su hijo. Entre las mujeres cundió el desasosiego. “Dile que el niño está enfermo. Dado que, en realidad, aún es un niño”, exclamó la sierva mayor, quien dados sus largos años de servicio se atrevió a expresar los pensamientos de todos. “Dile que está quemado por el sol y no está en condiciones de presentarse frente al amo”. Como todos sabían, el amo no había cenado, hecho éste que no contribuiría a pacificar su temperamento, tampoco manso habitualmente. “Vete, como lo ordena tu padre y no tengas temor, hijo mío”, era todo lo que le dijo su madre. Pero era suficiente para darle valor a Cyrus. Pasando por la cortina de terciopelo llegó al estudio del padre. El Hajji estaba solo. Estaba sentado sobre un almohadón, con las piernas cruzadas, delante de una mesa baja. Cyrus permaneció rígido junto a la puerta. Al cabo de un tiempo, su padre lo miró, diciendo: “entra, y párate allí”. Cyrus se acercó y quedó esperando. “Creí poder darle la bienvenida como adulto al niño que he despedido esta mañana. ¿Qué sucedió? Me habían advertido que era empresa de loco, enviar a un doceañero para cazar palomas. Tu vista empero es segura y sé que tu corazón es valiente. ¿No hubo pájaros?” “Había pájaros, padre”. El Hajji meneó lentamente su cabeza. Como hablando consigo mismo, recordó: ”Una vez, siendo un hombre joven, he visto una hermosa cervatilla ...” Hubo un largo silencio. Luego dijo el padre: ”Ven aquí, hijo”. Saltó, para incorporarse e ir en dirección a su hijo. Luego se inclinó y lo besó. “Hay muchos caminos para convertirse en hombre”, dijo, “muchos, aparte de matar pájaros. Y me parece que es menester gran valor para seguir el camino que impone el corazón, aún sabiendo que se será burlado.” Cyrus no se atrevió a sonreír, pero su corazón entonaba un canto. Una vez más, el Hajji sacudió la cabeza, como confundido, pero a su vez con beneplácito. Y dijo: “No estoy decepcionado de ti. Vete, y ojalá que sigas siempre con tanta valentía los mandatos de tu corazón, tal como lo has hecho hoy”. Cyrus besó la mano de su padre para despedirse de él y fue a su cuarto. Y necesitó mucho tiempo para poder vencer las lágrimas de alegría. |
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