CUENTOS Y POEMAS

El huésped del foso

 
 


 

 

 

 

 

Corría la última década de la dinastía Ching; tiempos difíciles. La autoridad del emperador se había resquebrajado y la anarquía hacía estragos en casi todas las provincias del otrora orgulloso territorio imperial. Corría por doquier el bandolerismo.

A plena luz se cometían los asaltos en tanto que los crímenes constituían no sólo un azote sobre el poblado sino sobre las más florecientes urbes. Impotentes, los burócratas y otros jefes militares veían como, lo mismo que el agua, se escurría entre sus dedos el mismo poder, el prestigio solemne del que estuvieran investidos en una época que ya lucía remota.

En tan remotos años vivió Chung-Tse, un santo que, seguía la costumbre de los verdaderos religiosos, los que  en medio de ayunos y solitarias prácticas ascéticas se empeñaban en alcanzar el estado de Buda.

Había encontrado asilo en una cueva húmeda horadada en la abrupta ladera de una montaña. Allí, en serena meditación, en contemplación extática, pasaba el anacoreta sus días mientras que las estaciones se sucedían trayendo vientos, nieves, flores y lluvias. He aquí que , una buena mañana, decidió el eremita bajar al mundo del polvo y visitar la ciudad donde los impuros como alimañas feroces se destrozaban unos a otros a dentelladas y zarpazos.

Cuando Chung-Tse llegó a la populosa metrópoli estaba oscureciendo. Dos gemidos sordos le hicieron voltear la cabeza y vio entonces un bulto tirado en la calle mientras que una figura escurridiza escapó y se perdió  a toda velocidad.

El monje se acercó a auxiliar a la víctima , que tal era el bulto, pero apenas se inclinó y le tendió los brazos para acomodarlo mejor, un grueso chorro de sangre brotó de la nariz del moribundo que falleció de inmediato.

En ese instante apareció la guardia real. Tomando al monje, que había trocado su túnica por otra vestimenta más acorde, lo confundió con el autor del delito. Lo amarraron  y lo lanzaron al foso más tenebroso y repugnante de la fortaleza.

No protestó el ermitaño. No alegó inocencia, sino que con una sonrisa en los labios se echó en un rincón del claabozo y se puso a meditar . 

Con la cabeza gacha, como las ovejas  una detrás de la otra, transcurrieron veinte largos años. Hasta que un día fue capturado cierto individuo cuando intentaba introducirse furtivamente en la residencia del mandarin Won-Li. Torturado por orden de las autoridades que para el castigo no eran indolentes, confesó el desdichado sus culpas y entre otras muchas fechorías admitió haber asesinado dos décadas atrás al comerciante que el inocente monje había tratado de socorrer un infausto anochecer de aquel verano.

El jefe de la guardia imperial mandó que liberaran al prisionero y que lo llevaran ante su presencia. Cumplido al instante su deseo pregunta  al pálido ser:

    -"¿Quién eres tú? ¿Cómo te llamas?"

Sólo entonces se identificó Chung-Tse. 

El militar proclamó horrorizado:

-"¿Por qué no me lo habías dicho antes?"

-"Porque nunca me lo habías preguntado.", respondió con toda la calma del mundo el santo varón.

-"¡Dios mío, qué grave error he cometido!. ¡He encerrado durante veinte años al hombre más sabio y bondadoso de este país, mientras dejé libre al verdadero culpable del delito aquel!  Nunca podré perdonarme semejante desatino."

A tan angustiadas palabras respondió el religioso:

-"Ilustrísimo señor: No veo de qué os lamentáis. ¿Acaso puede un hombre conceder o arrebatar la libertad a otro? El que parecía libre jamás ha dejado de arrastrar consigo sus cadenas, pues, ¿quién escapa al veredicto de sus propias acciones? En lo que a mí concierne, me diste una celda mucho más holgada y recogida que la cueva en la que estaba acostumbrado a vivir. Os agradezco vuestra gentileza y tened la seguridad de que nunca he sido prisionero. Para el que conoce la verdad los muros de la cárcel son ventanas abiertas. Y no hay neblina espesa que la mirada del Supremo no sea capaz de transformar en cielo transparente."

Diciendo esto, el monje hizo una  reverencia y se retiró, tranquilo el paso hacia la montaña. A partir de esa fecha, sólo los tigres del bosque y los halcones de ojos agudos supieron donde Chung-Tse decidió morar el resto de sus días.