CUENTOS Y POEMAS

Comenzando por la casa

 
 


 

 

 

 

Se dice: mientras haya a mi lado quien sufra, yo no tengo derecho a pensar en mi felicidad. 

    Estas palabras suenan muy bien, pero son falaces. Tienen una apariencia de verdad; pero en el fondo son erróneas. A la primera observación del misterio humano, saltarán a nuestros ojos una serie de evidencias como estas: los amados aman. Sólo los amados aman. Los amados no pueden dejar de amar.

Sólo los libres liberan, y los libres liberan siempre. Un pedagogo modelo de madurez y estabilidad hace de sus discípulos seres estables y maduros, y esto sin necesidad de muchas palabras. Lo mismo sucede con los padres respectos de sus hijos. Y, por el contrario, un pedagogo inseguro e inhibido, aunque tenga todos los pergaminos doctorales, acaba envolviendo a sus discípulos en un halo de inseguridad.

Los que sufren hacen sufrir. Los fracasados necesitan molestar y lanzar sus dardos contra los que triunfan. Los resentidos inundan de resentimiento su entorno vital. Sólo se sienten felices cuando pueden constatar que todo anda mal, que todos fracasaron. El fracaso de los demás es un alivio para sus propios fracasos; y se compensan de sus frustraciones alegrándose de los fracasos ajenos y esparciendo a los cuatro vientos noticias negativas, muchas veces tergiversadas y siempre magnificadas. Una persona frustrada es verdaderamente temible.

Los sembradores de conflictos, en la familia o en el trabajo, siendo perpetuamente espina y fuego para los demás, lo son porque están en eterno conflicto consigo mismos. No aceptan a nadie porque no se aceptan a sí mismos. Siembran divisiones y odio a su alrededor porque se odian a sí mismos.

Es tiempo perdido y pura utopía el preocuparse por hacer felices a los demás si nosotros mismos no lo somos, si nuestra trastienda está llena de escombros, llamas y agonía . Hay que comenzar, pues, por uno mismo.

Sólo haremos felices a los demás en la medida en que nosotros lo seamos. La única manera de amar realmente al prójimo es reconciliándonos con nosotros mismos, aceptándonos y amándonos serenamente. No debe olvidarse que el ideal bíblico se sintetiza en "amar al prójimo como a ti mismo". La medida es, pues, uno mismo, y cronológicamnete es uno mismo antes que el prójimo. Ya constituye un ideal altísimo el llegar a preocuparse por el otro tanto como uno se preocupa por sí mismo. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.

Extraído del libro Del sufrimiento a la paz , de Ignacio Larragañaga