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Cuento de León Tolstoi relatado por Gabriel Castellá Un monarca, en cierta ocasión, se formula tres preguntas y siente que si puede dar cabal respuesta a estas preguntas los problemas de su existencia estarán resueltos. La primer pregunta que se formula es: Luego se pregunta: Y finalmente: Manda un edicto por el reino diciendo que el súbdito que responda a estas preguntas será merecedor y recibirá una gran recompensa. Ante esta tentadora propuesta, se presenta gran cantidad de personas, con múltiples y variadas respuestas. Uno le dice, con respecto a la primera: Otro argumenta: Ante lo cual otro añade: Y así cada uno va agregando su aporte. A la segunda pregunta, le dicen unos que hay que contar con los sacerdotes, otros con los científicos, otros con los educadores, otros con los médicos. A la tercera, que hay que dedicarse a la ciencia, a la música, al arte de gobernar, etc. El monarca no queda satisfecho y considera que nadie merece la recompensa. Se queda varios días en soledad meditando las tres preguntas, y como no encuentra eco dentro suyo, decide recurrir a un hermitaño que vivía en las montañas. Sabe que para llegar a él no puede presentarse como monarca, pues sólo recibe a los humildes y tampoco puede ir acompañado, pues recibe a las personas en forma individual. Así que humildemente ataviado y dejando a la guardia al pie de las montañas se presenta ante el hermitaño y lo encuentra labrando la tierra. Le formula los tres interrogantes y el eremita lo escucha con especial atención, pero no le responde, y continúa con su labranza. Ante esto, el monarca le ofrece su ayuda y lo hace durante una hora, al cabo de la cual, hace una pausa y vuelve a formularle las tres preguntas. El hombre lo escucha con suma atención, pero no le rersponde; en cambio, le dice: -De ninguna manera- dice el rey.-Yo seguiré. Y sigue trabajando varias horas. Se acerca el atardecer. El rey hace una pausa y vuelve a formularle las tres preguntas. El eremita tampoco le responde esta vez, pero le dice: -Escucha la presencia de un hombre que se dirige hacia aquí. En efecto, momentos más tarde aparece ante ellos un hombre malherido y el monarca, al verlo en ese estado, lo atiende solícitamente. Advierte una herida sangrante y se desgarra sus propias ropas para hacerle un vendaje. Luego, entre los dos, depositan al herido en la única cama que había en el interior de la vivienda, donde no tarda en dormirse. El monarca está tan exhausto, que se queda dormido de pie. Al alba despierta y el hombre malherido también. Ya recuperado, le dice: -¿Por qué? -Usted no me conoce, pero yo soy un acérrimo enemigo suyo Vine aquí con la intención de asesinarlo. Sabía que se iba a internar solo en las montañas y pensaba tenderle una emboscada cuando bajara. Pero Su majestad tardaba tanto, que salí de mi escondite para ver qué ocurría y sus guardias me vieron y me hirieron. Yo venía a matarlo y usted me salvó la vida. A partir de este momento tanto yo como mi familia le prometemos protección como señal de eterna gratitud. Conmovido, el monarca le dice que será atendido por el médico real y que le serán restituidas las tierras que se le habían confiscado y por las cuales este hombre lo había llegado a odiar tanto. Se dirige al hermitaño y le vuelve a formular las tres preguntas. Éste le responde: -Tus preguntas han sido respondidas. El momento más importante es el presente, porque es el único sobre el que tenemos poder de decisión. Las personas más importantes son las que tenemos enfrente, porque no sabemos si vamos a tener contacto con otras. La acción más importante es la que conduce a los que están enfrente de nosotros a mayor felicidad.
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